Lo que leerán a continuación fue escrito por Martin Lousteau en su libro "Economía 3D" que compré en una oportunidad en donde estaba haciendo las compras en el supermercado y cuando, por casualidad, miré una góndola con libros y éste me llamó la atención por su tapa, por su nombre y porque en ese momento comenzaba a cursar mi primer año de facultad y una de las materias que más me atraía era Economía.
Es un libro muy recomendable. ¿Por qué? porque es un libro para la comunidad, para aquellos que conocen nada o muy poco sobre economía y sus cuestiones técnicas. Lousteau, debo reconocer, que escribe muy estilisticamente en cuanto a que hace agradable la lectura de temas que no se nos dan fácil.
Como breve reseña biográfica del autor cabe destacar que es un economista Argentino, fue Ministro de Economía de la República Argentina desde el 10 de diciembre de 2007 hasta el 24 de abril de 2008. Fue asesor de la presidencia del Banco Central de la República Argentina, se desempeñó como Ministro de la Producción y como Jefe de Gabinete de la Provincia de Buenos Aires.
También fue presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires y del Grupo BAPRO.
DESIGUALDAD
Cuenta el boca a boca que el escritor Scott Fitzgerald le dijo una vez a su colega Ernest Hemingway: "Los ricos son distintos de nosotros". A lo que Hemingway respondió: "Sí, tienen más dinero".
Pasó mucho tiempo hasta que el estudio de la desigualdad logró ocupar el lugar que le corresponde en la ciencia económica. El reconocimiento llegó en 1998 con el Premio Novel otorgado a un economista y filósofo indio por sus estudios sobre bienestar, pobreza y desarrollo. Se trata de Amartya Sen, asiduo visitante del Centro Suntory Toyota de la London School of Economics, donde me especialicé en estas cuestiones en 1994.
Distancias inabarcables.
Un mundo injusto
Pese a la innegable mejora en las condiciones de vida generales que tuvo lugar a lo largo del siglo XX, la distribución del ingreso a nivel mundial es sumamente desigual. De hecho, con países que crecen casi en forma continua y otros excluidos del tren del progreso, las diferencias entre los extremos se amplían.
Cuando Adam Smith escribió el libro fundacional de la economía, La riqueza de las naciones, en 1776, el país más rico del globo tenía un ingreso por habitante cuatro veces superior al del país mas pobre. Hoy el ingreso por habitante de los Estados Unidos (el país más rico) es más de setenta veces superior al de Sierra Leona (el más pobre).
La calidad de vida y el abanico de oportunidades a las que cada persona podría enfrentarse todavía dependen fuertemente del país en el que haya nacido. Si uno mira el 20% más rico de los países, sus habitantes tienen un ingreso anual de 21.500 dólares. Para el quinto más pobre de los países, esta cifra es de solamente 640 dólares. La diferencia es de nada menos que 34 veces. La situación se agrava, además, porque en este grupo de países más ricos la población es de alrededor de la mitad que en los mas países más pbres. Es decir que por cada "privilegiado" de 21.500 dólares hay dos "relegados" de 640 dólares.
Naturalmente, las brechas se amplían si comparamos el 10% de países ricos con el 10% más pobre. Se trata de comparar naciones como Noruega, Estados Unidos, Suiza, Irlanda, Austria, Canadá, Australia, Dinamarca, Arabia Saudita y Suecia con otras como Congo, Zimbabwe Burundi, Nigeria, Malawi, Etiopía, Mozambique y Sierra Leona. ¡En este caso la diferencia entre los ingresos por habitante promedio se amplían a 57 veces!
En la actualidad existen aproximadamente 1.400 millones de personas en el mundo que viven con menos de lo que podría comprarte un dólar por día en la Argentina. Es decir que ni siquiera tienen ingresos para adquirir un litro de leche. Se trata de una de cada cinco personas en el mundo. Esto es así para la mitad de la población del continente africano y cuatro de cada diez en el sur de Asia, donde India tiene un peso relevante. Entre ambas regiones concentran el 72% de los pobres del mundo.
Pero el dinero no es el único indicador de que las condiciones de vida varían tanto entre las distintas regiones del globo. Hay otros que resultan aun más indignantes. Por ejemplo, en los Estados Unidos cada año mueren 6 de cada 1000 niños menores de 5 años, y en Europa 7. En contraste ¡el promedio para todo África asciende a 121!
Las cifras son espeluznantes en países como Angola, donde mueren 178 de cada 1000 niños que nacen (casi un 18% del total!), Afganistán con 150 o Malí con 114, por nombrar solo algunos de los que presentan las situaciones más comprometidas. Y la lista es larga. Si ordenamos del peor al mejor en este rubro, la Argentina se encuentra en el puesto 148 de un total de 220, con 11 casos por cada 1000, aunque la situación difiere significativamente de cada provincia. En Formosa es el triple que en la ciudad de Buenos Aires.
Pero no es sólo un problema de porcentajes. Las regiones menos desarrolladas cuentan también con una tasa de fertilidad más alta que el promedio, ya que el Estado está ausente y los padres de las familias pobres actúan como si su futuro estuviera mejor resguardado con una mayor descendencia. No hay jubilaciones, mucho menos educación para la planificación familiar y los métodos anticonceptivos son inalcanzables.
Naciones Unidas estima que entre 200 y 2005 la tasa de fertilidad promedio en los países de altos ingresos fue de 1,6 niños por mujer (por ejemplo, en Japón es tan solo 1,2) mientras que en África es de 4,6 (llegando a 5,9 en los países del centro del continente). En conjunto, esto implica que nacen más niños que en el mundo avanzado; y que mueren muchísimos más.
Otro indicador que da cuenta de la desigualdad en las condiciones de vida es justamente la esperanza de vida al nacer. Para darte una idea, en la Argentina esa cifra es de 77 años, y de alrededor de 80 en Europa, Canadá, Estados Unidos o Japón. ¡Pero si te tocó nacer en Angola o Mozambique podes esperar vivir en promedio hasta los 40 años!
Según datos de la Enciclopedia Británica, esa cifra representa apenas siete años de lo que se vivía en la Inglaterra medieval.
Y no se trata de ejemplos puntuales: para todo el continente africano la esperanza de vida es de tan sólo 54 años, veinticinco años menos que el promedio de los países desarrollados, que es de 79 años.
El crecimiento económico es importante, pues gracias a él una parte del mundo vive mejor que nunca antes y ha dejado atrás el flagelo del hambre. Pero hace falta que ello se extienda a todo el resto. La pobreza no es un problema marginal: sigue siendo escandalosa en vastas regiones. Al igual que el cambio climático, representa un desafío de escala global.
El primer objetivo debe ser que todas las personas puedan cubrir sus necesidades básicas. Pero no podemos detenernos allí. Como sostiene el Premio Nobel Amartya Sen , la meta final es más ambiciosa. Consiste en que todos puedan tener la libertad de elegir la vida que desean llevar adelante. Y para ello no sólo hace falta alimentarse adecuadamente, tener buena cobertura de salud y educación, sino también un poder adquisitivo tal que permita a cada individuo no sentirse inferior o avergonzado de su condición con respecto al resto de la sociedad. Así lo escribió también Adam Smith hace nada menos que 234 años, aunque muchos economistas tiendan a olvidarlo.
Lo complicado de todo este asunto es que la desigualdad tiende a volverse natural y nos acostumbramos a que las cosas sean así. Tendemos a ver al hombre como algo inevitable. Pero muchos países del mundo, incluso algunos con pocos recursos, nos muestran que no tiene por qué serlo.